Haydée Méndez Illueca, PhD
Abogada
La palabra “aborto” suscita profundas emociones en casi todo el mundo
y existe una feroz confrontación retórica entre dos posturas extremas, que
incluso en muchos casos llega hasta el homicidio y la violencia física contra
el personal de salud que atiende en las clínicas donde se practica el aborto
legal. En un extremo están quienes le
dan prioridad absoluta al embrión o feto sobre las decisiones y los derechos de
la mujer, representados por los grupos “pro vida”; en el otro extremo, están
quienes no le dan valor al embrión o feto, representados por los grupos “pro
elección”, que le dan prioridad al derecho a la vida de la mujer, considerando
que ésta ya es persona y el feto no.
Ninguno de los dos extremos está dispuesto a prestar atención a los
argumentos del otro.
La buena noticia es que los grupos extremos son minoría y que la gran
mayoría de la gente cree que un mundo sin aborto sería un mejor lugar para
todos y ni son indiferentes ante sufrimiento de los millones de mujeres que
cada año enfrentan esta decisión, ni son indiferentes ante la suerte del
feto. Ven cualquier aborto como una
pérdida, pero aceptan que puede haber una justificación para la interrupción de
un embarazo en ciertas situaciones.
La mala noticia es que, como esta mayoría no aborda el tema con la
misma pasión de los extremistas, tienen menor repercusión en la opinión
pública. Como decía Gandhi, “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el
silencio de la gente buena.” Mientras
más radical es un grupo, más bulla hace.
Sólo las mujeres saben exactamente por qué toman la difícil decisión
de abortar, decisión que debe ser tomada únicamente por quien vive la situación
y quien sobrelleva las consecuencias de lo que decida, en vez de por la
autoridad política. La obligación de la autoridad
política es simplemente proveer un marco legal, información y servicios que
permitan planificar la familia de manera responsable, sin obligar a nadie a
tener menos hijos de los que quiere, ni más de los que pueda mantener. A pesar de que esto es lo que dicta el
sentido común y pareciera tan simple, muchos grupos de las llamadas
“democracias” insisten en su conspiración retrógrada y contraria a los Derechos
Humanos. Si realmente queremos encontrar
una solución, es necesario difundir información objetiva sobre el tema, para
comprender mejor este problema personal y social, que afecta a muchas mujeres
de manera directa o indirecta en algún momento de su vida.
La Iglesia Católica puede pedirles a sus fieles que se abstengan de
usar métodos anticonceptivos que no sean los naturales, que repudien el aborto
y que hagan campañas públicas para que sus dogmas se conviertan en leyes, pero
no tiene derecho a impedir que los ciudadanos hagan lo que la ley los autoriza
a hacer, ni a que estos hagan campañas a favor de legislación que ya tiene
validez universal. Es un debate entre la
razón y el dogma, pero lo cierto es que ni la mayoría de los fieles ni los
mismos sacerdotes hacen lo que dicen ni dicen lo que hacen.
La Iglesia Católica no acepta interrumpir un embarazo para salvar la
vida de la mujer, aunque eso signifique privar de la madre a sus otros hijos. Lo más difícil de entender es que tampoco
permita los anticonceptivos ni la educación sexual (aunque digan lo contrario) como
forma de prevenir el embarazo. La
maternidad forzada es un atropello tan intolerable como el aborto forzado. Contra toda lógica, tampoco acepta la
reproducción asistida para las mujeres con problemas de fertilidad, lo que
coloca a la mujer entre la espada y la pared en todos los casos.
En Panamá el aborto está despenalizado dentro de los dos primeros
meses de embarazo, sólo cuando el embarazo es consecuencia de una violación
carnal o cuando peligra la vida de la madre o del producto y así lo determine una
Comisión multidisciplinaria, que a veces toma tanto tiempo, que cuando lo hace,
ya el bebé ha nacido). No lo autoriza
por razones económicas, aunque (según “El País”), en España una de cada tres
mujeres lo solicita por falta de recursos para criar otro niño.
Por cierto, la prohibición del aborto sólo afecta a las mujeres
pobres, ya que las otras lo tienen a su alcance cuando quieran, pagando médicos
privados o viajando al extranjero. Aun
así, para ninguna mujer se trata de una decisión ligera, sino difícil y
traumática.