lunes, 30 de diciembre de 2019

¿CÓMO CONTENER LA OLA DE FEMICIDIOS?


Haydée Méndez Illueca, Ph D
Abogada

Es realmente alarmante la ola de femicidios que azota nuestro país.  Sólo en el mes de diciembre de 2019 han muerto 8 mujeres, sin contar los femicidios en grado de tentativa, las muertes violentas de mujeres que todavía no se ha determinado si son femicidios y el aumento escandaloso de la violencia doméstica y la violencia mediática (en los medios de comunicación).  Panamá ocupa el lugar 108 de 189 países en desigualdad de género y comparte esta posición con Namibia.

Debemos seriamente estudiar la situación de nuestra sociedad, porque además de que somos la mitad de la población y la madre de la otra mitad, las mujeres somos guardianas de la familia y de la sociedad.  Donde hay desigualdad, no puede prosperar la familia ni el desarrollo humano del país, el cual se pierde la productividad de la mitad de su población.

Pero hay otra ola igual o más de peligrosa, que nos ataca a nivel mundial: la ola anti-derechos, el fundamentalismo, que utiliza la retórica del miedo para atacar los derechos humanos, que son un logro invaluable de la humanidad.  En el fondo, las campañas de “Con mis hijos no te metas” y la “Ideología de Género”, las acusaciones contra las Naciones Unidas y los ataques a los instrumentos internacionales de protección de los derechos humanos, lo que buscan es continuar controlando la sexualidad y la reproducción de las mujeres, una de las estrategias del patriarcado.  Aunque el género no es una ideología, sino una categoría de análisis que estudia las relaciones entre hombres, mujeres y personas de la diversidad sexual para descubrir las desigualdades, sí podemos hablar de ideología patriarcal, ya que al colocar a las mujeres en una situación de inferioridad, se han construido normas, valores, costumbres e instituciones, muchas de éstas con raíces religiosas.  La ideología patriarcal afecta el imaginario colectivo, lo que lleva a que las mujeres sean concebidas como objetos, propiedad de los hombres y las personas de la diversidad sexual como “anormales”.  Esto es lo que lleva a la violencia contra estos grupos vulnerables, sobre todo las mujeres.

A partir de 1948, cuando nacieron los Derechos Humanos, se ha hecho un esfuerzo internacional por legislar en protección de los mismos.  A la fecha, en Panamá tenemos treinta y ocho leyes que de una forma u otra apuntan a la defensa de derechos.  Si todas estas leyes se cumplieran a cabalidad, por fuerza tendrían que contenerse estas olas que son el resultado de la ideología patriarcal.

Las campañas anti-derechos y los fundamentalismos no tienen derecho a llamar a la desobediencia de las leyes.  Se declaran en defensa de la familia, cuando en realidad la están atacando a través de la mujer o a través de los crímenes de odio homofóbico. 

Las leyes obligan a la educación integral en sexualidad, que no es más que una forma de inculcar valores, prevenir la violencia sexual contra niñas y niños, prevenir el embarazo adolescente, promover relaciones equitativas entre hombres y mujeres y proteger a la población de las infecciones de transmisión sexual.  Si se cumplieran todas las normas, habría albergues para las mujeres maltratadas y sus hijos, capacitación a todos los servidores públicos (sobre todo policías, fiscales y jueces), padres y madres de familia, docentes y la comunidad en general para evitar la desigualdad, se establecieran juzgados y fiscalías especializadas en violencia contra la mujer (mandato que desde 2013 no se ha cumplido), habría presupuesto para brazaletes electrónicos para prevenir femicidios, se acabaría con la impunidad que a veces se logra con los acuerdos de pena, se multaría a los medios de comunicación que imparten educación sexual a través de imágenes pornográficas, titulares sensacionalistas, publicidad sexista y anuncios de prostitución, se castigaría con despido a los acosadores y se acabaría con la trata de personas. 

Para detener la ola de femicidios es necesario desarticular la ideología patriarcal, acatando las leyes que ya tenemos, que son muchas y buenas, con pocas excepciones.  En el espacio académico debe primar el conocimiento científico para que los futuros profesionales se formen sin sesgos ni preconcepciones.  Para ello es importante que se establezca expresamente el Estado Laico en el proceso de actualización de nuestra constitución.  Es imposible defender los derechos humanos sin un Estado Laico. 

La violencia en todas sus expresiones es consecuencia de la ideología patriarcal, una conducta que se basa en la idea de que las mujeres son propiedad de los hombres y existen sólo para satisfacer sus deseos.

(Publicado en La Estrella el domingo 29 de diciembre de 2019)

viernes, 27 de diciembre de 2019

La importancia de la igualdad de género para el desarrollo humano


Aracelly De León, Ph D en Economía
La Estrella - 27/12/2019

El Informe Mundial de Desarrollo Humano 2019, una vez más hace énfasis en la desigualdad en el mundo. La conclusión es que las brechas son cada vez mayores, no sólo de ingreso, sino de oportunidades, de calidad de vida y de futuro, sobre todo ante la impronta del cambio climático y nuestra capacidad de resiliencia.
Si bien los países en vías de desarrollo avanzan, los países desarrollados, lo hacen con mayor rapidez, sobre todo en las nuevas oportunidades que ofrecen la ciencia y la tecnología en el siglo XXI. Es importante destacar que la desigualdad de género es una de las de mayor incidencia en el mundo. Panamá, no es la excepción.
Según el IDH 2019 (PNUD), Panamá ocupa el lugar 67 en el mundo (entre 189 países), pero cuando se calcula la desigualdad de género, el país cae al lugar 108 (posición que comparte con Namibia, suroeste de África). De tal manera que pierde 41 lugares a nivel mundial por la falta de oportunidades que tienen las mujeres panameñas en relación a los hombres.
El informe también precisa que todavía no hay comprensión en el mundo sobre la gravedad de la desigualdad de género. Solo uno de cada 7 hombres la reconoce. Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Índice de Desigualdad de Género recoge tres dimensiones importantes: la salud sexual y reproductiva (tasa de mortalidad materna y tasa de fecundidad adolescente); el empoderamiento (proporción de escaños parlamentarios ocupados por mujeres y proporción de educación secundaria como mínimo) y la situación económica (participación en el mercado laboral).
Más allá de estas consideraciones, según la neurociencia, la vida de las personas se define en los primeros mil días a partir de la gestación, etapa que depende casi en su totalidad del grado de bienestar de la madre.
Se hace hincapié en la primera infancia (de 0 a 5 años) como etapa decisiva para el desarrollo humano. En términos generales, el Estado empieza a intervenir cuando ya está definido el futuro.
El Estado tiene que intervenir antes y de manera integral y multisectorial. Es necesario garantizar el bienestar de todas las mujeres, independientemente de su etnia, procedencia económica, credo o nivel cultural.
Países que han logrado dar el salto cualitativo en educación, por ejemplo, han escolarizado a todas las madres (Portugal), porque de ellas depende el éxito de la familia.
Garantizar el bienestar de las mujeres significa tener acceso a la salud sexual y reproductiva y evitar los embarazos en niñas y adolescentes, por ejemplo. Significa detener la violencia de todo tipo hacia las mujeres. Significa tener acceso a la toma de decisiones al más alto nivel, tener acceso al crédito, es decir, tener autonomía personal. Una mujer solo puede darle a sus descendientes lo que ella posee, en términos de salud, dignidad, autoestima y futuro.
El informe indica: “Las desigualdades pueden comenzar antes del nacimiento, y muchas de ellas pueden acumularse a lo largo de la vida de la persona. Cuando esto ocurre, pueden aparecer desigualdades persistentes”.

jueves, 26 de diciembre de 2019

LO QUE LAS MUJERES NO SABEN


Haydée Méndez Illueca, Ph.D.
Abogada

Lo que las mujeres no saben es que hay situaciones de violencia que están tan integradas en las relaciones sociales, son tan imperceptibles y están tan naturalizadas, que pasan desapercibidas; pero es imperativo que lo sepamos.  Esta violencia encubierta se ejerce a través de los “Micromachismos”.  ¿Qué son los “micromachismos”---una palabra que está hoy en boca de todo el mundo?  Son pequeños gestos o actitudes, algunos muy sutiles, que perpetúan roles de género y machismo---violencia suavizada contra las mujeres.  Son maniobras y estrategias de ejercicio del poder de dominio masculino en lo cotidiano, que son sutiles e imperceptibles, pero atentan en diversos grados contra la autonomía femenina.  Son hábiles artes, trucos, tretas y manipulaciones con los que los varones intentan imponer a las mujeres sus propias razones, deseos e intereses en la vida cotidiana.  Se les llama micromachismos, pero resulta que no son tan “micro”; en realidad, son actitudes totalmente machistas, que la mujer debe aprender a detectar para poder combatirlas.

Un ejemplo clásico es que el hombre no participe en el trabajo doméstico o familiar, porque “no sabe” o porque “ella lo hace mejor”.  Lo que en una relación igualitaria sería cosa de dos, se convierte en una imposición de tareas que sutilmente genera una importante sobrecarga en ella.

Otro ejemplo es su sillón preferido, donde lee el periódico y descansa al llegar de su trabajo.  La mujer no puede “descansar” cuando llega del suyo, porque tiene que hacer las tareas con los niños, arreglar la casa, fregar los trastos, etc., sin molestar al marido.  Y ¡ay de que alguien se adueñe del control de la televisión!---pertenece al Rey de la Casa.

Con o sin intención, algunos hombres eliminan los espacios de intimidad con la mujer, porque “no tienen tiempo” de hablar, eluden temas personales o familiares y la vida social, o buscan de alguna forma controlar las reglas de la relación a través de la distancia, logrando así que la mujer se acomode a sus deseos: cuándo estar disponible, cuánta tarea doméstica realizar, etc.

Y esto también pasa fuera del hogar: Cuando se pide la cuenta en un restaurante, el mesero supone que quien paga es el hombre, y presume que quien ha pedido la bebida alcohólica es él, y ella el refresco.  Lo mismo pasa en el taller o el concesionario.  En lugares estereotipadamente masculinos, el personal se dirige siempre al hombre en las conversaciones, incluso cuando la dueña del vehículo o de la cuenta es la mujer.  Cuando los bebés llegan al hogar, todos felicitan al padre porque cambia pañales, le da la mamadera o lo duerme, mientras que para la mujer es algo natural e incluso obligatorio.  También lo son dichos como: “Mujer al volante, peligro constante.”

Un hombre y una mujer no pueden ser amigos, porque las relaciones entre un hombre y una mujer siempre se sexualizan o romantizan.  Recuerdo que tenía que reunirme a menudo con un amigo en la cafetería de la institución donde trabajaba para discutir asuntos del sindicato e inmediatamente comenzaron a circular los rumores de que “algo teníamos”.

Estos “micro” machismos incluso los usan los varones “normales”, que desde el discurso social no podrían llamarse machistas, violentos, abusadores ni controladores.  Algunos comportamientos pueden ser conscientes, pero la mayoría no son intencionales ni de planificación deliberada, sino que son actitudes incorporadas y automatizadas en el proceso de “hacerse hombres”, son hábitos de reacción frente a las mujeres.  Sin embargo, todos forman parte de las habilidades masculinas desarrolladas para ubicarse en un lugar de dominio y control para mantener y reafirmar los lugares que la cultura les ha asignado, tanto a mujeres como varones.  Se alejan mucho de la violencia física, pero tienen los mismos objetivos y efectos: garantizar el control sobre la mujer y perpetuar la inequidad de derechos y oportunidades en contra de las mujeres.

Como son casi invisibles, los daños se agravan con el tiempo y no se resisten por desconocer su existencia; resultan en fatiga crónica, sobreesfuerzo psicofísico, agotamiento de las reservas emocionales, sentimiento de incapacidad, baja autoestima, retroceso del desarrollo personal y utilización de los “poderes ocultos” femeninos.

Para combatirlos debemos trabajar en triple vía: que los profesionales de la salud mental conozcan y detecten los micromachismos y sus efectos en la mujer; que las mujeres desarrollen estrategias de inmunización; y que los hombres desactiven los micromachismos de sus comportamientos, los reconozcan e inicien cambios hacia una verdadera equidad.