Copyright Clarín y Fernando Savater, 2010.
Las instituciones de la
democracia se mantienen laicas para que los ciudadanos puedan serlo o no serlo
según su criterio. Las convicciones de cada uno así amparadas no se refieren
sólo a cuestiones religiosas, sino también a estilos de vida.
El laicismo del Estado, que es uno de los pilares amenazados---ay---de
la democracia contemporánea, no pretende erradicar creencias personales sino a
aquellos que intentan prescribirlas o proscribirlas. Es decir, el Estado se
mantiene laico para que los ciudadanos puedan serlo o no serlo según su
criterio. Y las convicciones de cada cual así amparadas no se refieren
solamente a cuestiones religiosas o metafísicas, sino también a estilos de
vida.
Son estos últimos los más difíciles de soportar para los creyentes actuales, que sólo se encuentran a gusto en la unanimidad de comportamiento y están dispuestos a exigirla de acuerdo con elevados principios morales...que dejan de serlo, claro, en cuanto se los impone por decreto. La institucionalización democrática no debe pretender instaurar el cielo en la tierra -lo óptimo en dignidad humana, decencia y costumbres edificantes- sino permitir el marco político en el que, dentro de una regulada convivencia, cada cual pueda ir al cielo o al infierno por el camino que prefiera, según postuló Voltaire.
Lo contrario es volver a los usos teocráticos...aunque sea nominalmente para desautorizarlos y prohibirlos. A diferencia de lo que pretenden los creyentes, el Estado laico no debe entrar en ningún tipo de polémicas religiosas. Ninguna fe puede convertirse en un eximente para incumplir las leyes civiles, pero tampoco en motivo para penalizar conductas que no se vetan explícitamente en los usos profanos. Si un conductor de autobús musulmán (el caso ha ocurrido en Reino Unido) no permite subir en su vehículo a un ciego acompañado de su perro guía, no es cosa de comenzar a discutir si realmente la saliva del animal es impura o no según no sé qué ortodoxia: la ley de ayuda a las minusvalías debe cumplirse y punto.
De igual modo, una joven de la edad legalmente
determinada debe poder comprar la píldora poscoital en la farmacia sin trabas,
tenga la persona que maneja el establecimiento la opinión moral que fuere sobre
esa transacción. Pero tampoco hay derecho a prohibir velos o tocados a nadie
porque se les suponga significados religiosos indeseables según el creyente
persecutorio de turno, cuando no despertarían recelo si se los justificase en
nombre de la moda o de la extravagancia.
La indudable superioridad de las democracias laicas
sobre las teocracias es que en las primeras las mujeres pueden ponerse el velo
que quieran y en las otras en cambio no se lo pueden quitar. En cuanto a las
disquisiciones teológicas, quedan para los ámbitos académicos y las fiestas de
guardar.
Como los creyentes ejercen su santa coacción en
beneficio de las almas de los demás, su presa favorita suelen ser las mujeres,
cuyas almas tradicionalmente han sido consideradas más vulnerables que el
espíritu de los varones. Sea que se tapen demasiado o que se ofrezcan desnudas
al mejor postor, siempre deben ser reprimidas y encauzadas porque sólo llegarán
a ser libres cuando se las convenza de lo dañino que es hacer lo que les dé la
gana.
Antes, cuando la hembra era siempre revival de Eva
tentadora, tras cada desvarío masculino alguien advertía: ¡cherchez la femme!;
ahora, como ya sólo están autorizadas a ser víctimas, en cuanto se recatan o se
descocan demasiado los creyentes claman: ¡cherchez l’homme! Porque se da por
hecho que es un hombre siempre el que las desvía del recto sendero de la razón
y la decencia. Desgraciadamente es muy frecuente que sean varones quienes las
intimidan y mandonean, pero entonces será contra esos tiranuelos contra quienes
habrá que actuar sin dejar de reconocer que ellas tienen también voluntad
propia.
Cuidado con los moralistas que sin escuchar nuestra
opinión se sienten legitimados para emanciparnos a fuerza de decretos... A lo largo de su biografía, los creyentes a
veces mejoran de dogmas y pasan del comunismo a la socialdemocracia o el
liberalismo, de la ortodoxia teológica al cientifismo y la evolución, de las
adicciones juveniles a la salud pública, incluso hay ex caníbales que acaban
vegetarianos o antitaurinos. Pero lo que nunca pierden es el celo persecutorio
que les asegura el subidón de adrenalina política.
Copyright Clarín y Fernando Savater, 2010.