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domingo, 30 de abril de 2023

PARIDAD

 

La falta de paridad en la representación política es una de las formas de violencia contra la mujer.  La Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW por sus siglas en inglés) establece que la discriminación es “toda distinción, exclusión o restricción basada en el sexo que menoscabe o anule el reconocimiento de sus derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural y civil o cualquier otra esfera”.  La Convención interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer (conocida como la Belem do Pará), establece que “el derecho de toda mujer a una vida libre de violencia incluye, entre otros, el derecho a ser libre de toda forma de discriminación”.

 

Según la Cepal, los países de América Latina cuentan con una participación política de mujeres en sus parlamentos que varía del 11.1% al 46%.  Panamá es uno de los países con menor representación de las mujeres en las instituciones políticas de América Latina, por detrás de Trinidad y Tobago, Jamaica y República Dominicana: 8% en 1994; 10% en 1999; 15% en 2004; luego bajamos a 9% en 2009; 19.31% en 2014; y en la actualidad, 22.5%.

 

Esto significa que las mujeres panameñas no contamos con la “masa crítica” necesaria para impulsar leyes y reformas.  Esto, sin tomar en cuenta que no todas las diputadas están a favor de los derechos de las mujeres, como hemos podido confirmar con las actuales diputadas, algunas de las cuales son fundamentalistas religiosas y están abiertamente en contra de la autonomía sexual de las mujeres.  Las mujeres tienen que enfrentarse a obstáculos de índole institucional, partidista y social para dedicarse a la política.

 

Los obstáculos institucionales son la falta de incentivos que favorezcan la representación política de grupos sub-representados, la falta de mandatos claros sobre dónde deben ubicarse los géneros en la lista – mandato de posición cremallera, falta de sanciones fuertes por incumplimiento y las válvulas de escape y artilugios para no cumplir con lo establecido en la ley.

 

Para vencer los obstáculos partidistas, las mujeres tienen que enfrentarse a los líderes y grupos de poder que deciden quienes acceden a las listas y quienes deciden los perfiles que representarán al partido ante la ciudadanía.

 

En el ámbito social, deben superar creencias y prejuicios sobre sus capacidades, romper el techo de cristal, el techo de dinero y el techo de poder masculino.  En el imaginario colectivo persisten los estereotipos de género, afirmaciones de que las mujeres no están capacitadas, que cuando entran a la política se masculinizan, que a las mujeres no les interesa la política y que las mujeres no votan por mujeres; todo esto, agravado por el modo en que los medios de comunicación masiva sexualizan y cosifican la figura femenina y reproducen los estereotipos.  Cuando me dicen que las mujeres no están “capacitadas” para ser diputadas, me pregunto: ¿y los hombres sí?  Porque todo parece indicar que en la actual Asamblea Nacional menos de la mitad de los diputados lo están.

 

Los estereotipos de género están presentes en la sociedad civil, en las iniciativas femeninas, en las instituciones públicas y en la sociedad en general, donde se les suele invisibilizar y se les aparta de los espacios de poder.  Muchas se ven obligadas a recurrir a estrategias de supervivencia, como desarrollar estilos de liderazgo que imitan a los de los hombres.  Los grupos de poder eligen las candidaturas en función de su resultado electoral, no por el mérito de los candidatos, ni por cumplir con la equidad de género ni con la igualdad de oportunidades.

 

Las leyes aprobadas en un esfuerzo por favorecer la representación femenina han sido débiles, sin sanciones claras y fuertes para quienes las incumplían, con válvulas de escape, lagunas jurídicas y “sin dientes”.  En 1997 la Ley 22 exigió un porcentaje, muy bajo, del 30% de candidaturas de mujeres para las elecciones internas.  En 2012 la Ley 54 subió el porcentaje al 50%, pero sólo en relación a sus procesos de selección de candidaturas, no en las candidaturas a las elecciones generales. 

 

La normativa más reciente es la Ley 56 de 2017, que aunque no se refiere a cargos por elección popular, establece en un 30% la participación de las mujeres en las juntas directivas estatales y por ende acceso a la toma de decisiones de instituciones autónomas, empresas públicas, intermediarios financieros y empresas de capital mixto. 

 

Es importante monitorear el cumplimiento de estas leyes y modificarlas para asegurar su efectividad, ya que sin mujeres es imposible el ejercicio pleno de la democracia.

domingo, 7 de noviembre de 2021

FUNDAMENTALISMOS

 

Haydée Méndez Illueca, PhD.

 Los fundamentalismos son corrientes religiosas o ideológicas que interpretan sus textos sagrados o “fundacionales” en forma literal, o aplican una doctrina, libro o práctica establecida, en forma intransigente en vez de contextual.  No permiten invocar ninguna otra autoridad y consideran que su ideología debe imponerse por sobre las leyes creadas por la sociedad en que viven e incluso sobre el Derecho Internacional al cual está sometido su país.  Se puede decir, entonces, que el patriarcado es un fundamentalismo, porque es una ideología que impone la opresión, sumisión y subordinación de las mujeres en todos los ámbitos de la vida y tiene raíces religiosas, ya que según la iglesia católica y muchas otras iglesias conservadoras, la mujer sólo está destinada a la procreación.

 

Sin embargo, ser fundamentalista y ser religioso son dos cosas diferentes.  No todas las personas religiosas son fundamentalistas.  Los fundamentalistas de la religión tienen opiniones políticas de extrema derecha y la convicción de que obedecen al mandato divino cuando imponen lo que consideran la única verdad.  En realidad, lo que quieren es poder y control sobre la población y esto se da en todas las religiones.  Se proponen capturar espacios públicos y dominar las políticas públicas, excluyendo a otras influencias.  La mayoría ni siquiera son tan religiosos como dicen ser.  Según Susana Chiarotti, “lo que pasa es que no es lo mismo hablar con el respaldo de Dios, que sin el mismo, porque Dios es una fuente de legitimación importante.”  Se puede debatir con personas que no están de acuerdo con uno, pero no con gente que cree tener comunicación directa con Dios.  Hay muchas personas que afirman que hablan directamente con Dios en la noche, para decidir cosas importantes de su vida de acuerdo a sus consejos.

 

Los que se ponen en contra de sus ideas, ellos los ponen en el lugar del pecado y del diablo.  Utilizan las emociones para controlar a las masas.  Un ejemplo perfecto de ello es la campaña por todo Latinoamérica “Con mis hijos no te metas”, que también se vio aquí en Panamá, contra la educación integral en sexualidad, en abierta oposición a todas las leyes vigentes que obligan a que se dé educación sexual en todas las escuelas.  Cuando a alguien le tocan sus hijos, reacciona en contra de cualquier cosa, aunque no la conozca.

 

Han satanizado el sexo y el placer lo han degradado a instinto nocivo.  Algunos religiosos, frustrados por el celibato, bloquean la enseñanza de una sexualidad integral y sobre todo más segura; los “pro-familia” se la pasan difundiendo toda clase de mentiras, acusando a las Naciones Unidas de tener un negociado con la venta de condones, asegurando que los métodos anticonceptivos son diabólicos, que los homosexuales son enfermos y la homosexualidad tiene cura y que las mujeres tienen que ocupar su lugar en el hogar y tener todos los hijos que Dios les mande.

 

Hay muchas personas activistas por los derechos de las mujeres que se oponen al fundamentalismo, como Católicas por el Derecho a Decidir, las iglesias de la Comunidad Metropolitana, el Foro de Mujeres Religiosas-Kolech, la Red Internacional de Budistas Comprometidas y las Hermanas en el Islam, por ejemplo.  Quien se resiste a la ideología fundamentalista no es considerado un “creyente de verdad” y los fundamentalistas de la religión toman a personas de su misma religión que tienen diferentes opiniones políticas, como blanco para sus agresiones físicas y verbales.  Las y los activistas de derechos humanos y las mujeres en general son los blancos más frecuentes de estas agresiones.  Igualmente las personas y organizaciones LGBTI, personas laicas o ateas, intelectuales y libre-pensadores.

 

Otra estrategia es afirmar su superioridad moral por sobre una cultura foránea u otras comunidades religiosas, culpar a la “desintegración familiar” de los problemas sociales, y presentar los roles de género (estereotipos) como “naturales”.

 

La visión fundamentalista de lo que significa ser “pro-vida” es altamente selectiva, ya que para ellos no tiene importancia la vida de la mujer que se pone en peligro o se pierde por embarazos no seguros.  “Women on Waves” estima que cada ocho minutos muere una mujer por aborto inseguro, debido a la pobreza, la falta de acceso a los servicios y al éxito que ha tenido el fundamentalismo en cuanto a penalizar el aborto.  Los fundamentalistas también han atacado las clínicas de aborto y asesinado o intentado asesinar a su personal.  Entonces, ¿de quién es la vida que merece ser protegida?

 

El feminismo, como movimiento social, ha expuesto los mitos del fundamentalismo y ha desafiado los estereotipos dominantes, generando así cambios positivos en las vidas de las mujeres y de la sociedad en general. 

domingo, 24 de octubre de 2021

LOS HOMBRES Y EL FEMINISMO

A través de los siglos, las mujeres han sido invisibilizadas y sólo se ha considerado al hombre como el ser humano principal, el verdadero.  Esto ha resultado en una sociedad patriarcal que dicta que el hombre es superior a la mujer por naturaleza.  La discriminación se basa en el patriarcado, pero lo malo es que de esta mentalidad no sólo sufren las mujeres, sino también los hombres, porque se les asignan roles y expectativas muy difíciles de alcanzar.  Un rol es un conjunto de funciones, tareas, responsabilidades y prerrogativas que se generan como expectativas sociales.  Los roles a la larga se convierten en estereotipos, que son reglas no escritas que impone la sociedad y que son percibidas como naturales y biológicas.  Son mandatos del “Derecho Natural”.  Aunque esas diferencias no causan discriminación, sí que lo hacen las desigualdades, porque la sociedad patriarcal valora más los atributos masculinos.

 

Se espera que el hombre sea valiente, independiente, capaz de ser el proveedor de toda la familia.  Los hombres son criticados por mostrar sus emociones, por interesarse en actividades tradicionalmente femeninas.  En cierto sentido son obligados a ejercer la violencia e ir a la guerra, porque se consideran biológicamente aptos para pelear.  Por otro lado, se espera que las mujeres sean sumisas, dulces, abnegadas, buenas madres y obedientes a las reglas no escritas.  Estas expectativas impuestas por la sociedad son inalcanzables para ambos géneros.

 

El gran peligro de la masculinidad hegemónica es la misoginia, el desprecio y la discriminación que sufren las mujeres por la falsa superioridad de los hombres hacia ellas, tanto a nivel físico como psicológico: la violencia sexual en tiempos de guerra, la violencia contra otros hombres y contra las mujeres del enemigo; la violencia entre parejas; los micromachismos, que aunque no son violencia física como tal, son trampas para controlar a las mujeres; la violencia laboral, callejera, religiosa y todos los demás tipos de violencia contra la mujer.  La agresión contra las mujeres sigue viva, porque la sociedad está tan habituada al maltrato psicológico y físico de la mujer, que olvida que son seres humanos y tienen derecho a vivir libre de violencia.  La masculinidad hegemónica también suele estar del lado del racismo, la homofobia y la xenofobia. 

 

Los estereotipos son cualidades que el patriarcado enseña desde pequeños a través de la educación, porque se da un trato diferenciado a los niños y las niñas, pero no son universales.  Un estudio de Llamas demuestra que el género es una construcción social, porque en culturas diferentes cambia la concepción de lo femenino y lo masculino.  Esto prueba que no se trata de algo biológico.  Los estereotipos son importantes para la socialización del individuo, porque facilitan su socialización, la identidad social y la conciencia de pertenecer a un grupo social.  Si el hombre acepta y se identifica con los estereotipos dominantes, es una manera de permanecer integrado en el grupo.  Por más que sufra, debe seguir siendo viril, valiente, masculino.  Si un hombre no es masculino no se le reconoce como hombre, no sabe encontrar su identidad y se siente excluido.  Los hombres homófobos están más preocupados porque puedan ser percibidos como homosexuales, que por los hombres gays en sí.

 

La autoestima no depende enteramente de uno mismo, sino que está construida alrededor de la visión de los demás, de la cultura y de la educación.  El yo tiene seis aspectos: lo que realmente somos; lo que pensamos que somos; lo que piensan otros que somos; lo que creemos que piensan los demás de nosotros; lo que queremos llegar a ser; y las expectativas que creemos que otras personas tienen sobre nosotros.

 

El feminismo busca eliminar esos estereotipos que impiden a muchos hombres identificarse con el ideal patriarcal masculino.  En el siglo XXI los varones están aprendiendo nuevas maneras de entender lo que significa ser hombre, sin necesidad de jerarquizar los roles ni de establecer relaciones opresivas basadas en la subordinación.  Se están construyendo nuevas masculinidades y con ellas se pretende desmontar los roles de género que nos atan, nos limitan y son tan difíciles de seguir.  La mujer no tiene esos rasgos innatos que se le asignan y los hombres tampoco tienen la violencia intrínseca en ellos.  Todo se debe a la educación social y la cultura.  Es cierto que hay diferencias biológicas entre los géneros; si no existieran, no existiera la humanidad---pero las diferencias no tienen por qué generar desigualdades.  Más bien digamos…

¡Viva la Diferencia! 

Haydée Méndez Illueca, Ph.D.

Abogada y Escritora