A través de los siglos, las mujeres han sido invisibilizadas y sólo se
ha considerado al hombre como el ser humano principal, el verdadero. Esto ha resultado en una sociedad patriarcal
que dicta que el hombre es superior a la mujer por naturaleza. La discriminación se basa en el patriarcado,
pero lo malo es que de esta mentalidad no sólo sufren las mujeres, sino también
los hombres, porque se les asignan roles y expectativas muy difíciles de
alcanzar. Un rol es un conjunto de
funciones, tareas, responsabilidades y prerrogativas que se generan como
expectativas sociales. Los roles a la
larga se convierten en estereotipos, que son reglas no escritas que impone la
sociedad y que son percibidas como naturales y biológicas. Son mandatos del “Derecho Natural”. Aunque esas diferencias no causan
discriminación, sí que lo hacen las desigualdades, porque la sociedad
patriarcal valora más los atributos masculinos.
Se espera que el hombre sea valiente, independiente, capaz de ser el
proveedor de toda la familia. Los
hombres son criticados por mostrar sus emociones, por interesarse en
actividades tradicionalmente femeninas.
En cierto sentido son obligados a ejercer la violencia e ir a la guerra,
porque se consideran biológicamente aptos para pelear. Por otro lado, se espera que las mujeres sean
sumisas, dulces, abnegadas, buenas madres y obedientes a las reglas no
escritas. Estas expectativas impuestas
por la sociedad son inalcanzables para ambos géneros.
El gran peligro de la masculinidad hegemónica es la misoginia, el
desprecio y la discriminación que sufren las mujeres por la falsa superioridad
de los hombres hacia ellas, tanto a nivel físico como psicológico: la violencia
sexual en tiempos de guerra, la violencia contra otros hombres y contra las
mujeres del enemigo; la violencia entre parejas; los micromachismos, que aunque
no son violencia física como tal, son trampas para controlar a las mujeres; la
violencia laboral, callejera, religiosa y todos los demás tipos de violencia
contra la mujer. La agresión contra las
mujeres sigue viva, porque la sociedad está tan habituada al maltrato
psicológico y físico de la mujer, que olvida que son seres humanos y tienen derecho
a vivir libre de violencia. La
masculinidad hegemónica también suele estar del lado del racismo, la homofobia
y la xenofobia.
Los estereotipos son cualidades que el patriarcado enseña desde pequeños
a través de la educación, porque se da un trato diferenciado a los niños y las
niñas, pero no son universales. Un
estudio de Llamas demuestra que el género es una construcción social, porque en
culturas diferentes cambia la concepción de lo femenino y lo masculino. Esto prueba que no se trata de algo
biológico. Los estereotipos son
importantes para la socialización del individuo, porque facilitan su
socialización, la identidad social y la conciencia de pertenecer a un grupo
social. Si el hombre acepta y se
identifica con los estereotipos dominantes, es una manera de permanecer
integrado en el grupo. Por más que
sufra, debe seguir siendo viril, valiente, masculino. Si un hombre no es masculino no se le
reconoce como hombre, no sabe encontrar su identidad y se siente excluido. Los hombres homófobos están más preocupados
porque puedan ser percibidos como homosexuales, que por los hombres gays en sí.
La autoestima no depende enteramente de uno mismo, sino que está
construida alrededor de la visión de los demás, de la cultura y de la
educación. El yo tiene seis aspectos: lo
que realmente somos; lo que pensamos que somos; lo que piensan otros que somos;
lo que creemos que piensan los demás de nosotros; lo que queremos llegar a ser;
y las expectativas que creemos que otras personas tienen sobre nosotros.
El feminismo busca eliminar esos estereotipos que impiden a muchos
hombres identificarse con el ideal patriarcal masculino. En el siglo XXI los varones están aprendiendo
nuevas maneras de entender lo que significa ser hombre, sin necesidad de
jerarquizar los roles ni de establecer relaciones opresivas basadas en la
subordinación. Se están construyendo
nuevas masculinidades y con ellas se pretende desmontar los roles de género que
nos atan, nos limitan y son tan difíciles de seguir. La mujer no tiene esos rasgos innatos que se
le asignan y los hombres tampoco tienen la violencia intrínseca en ellos. Todo se debe a la educación social y la
cultura. Es cierto que hay diferencias
biológicas entre los géneros; si no existieran, no existiera la
humanidad---pero las diferencias no tienen por qué generar desigualdades. Más bien digamos…
¡Viva la Diferencia!
Haydée Méndez Illueca, Ph.D.
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