Nadie quiere el aborto, como lo hacen ver los grupos antiabortistas –
ni siquiera las propias mujeres que se lo practican en situaciones límite, siendo
una de las principales el abandono del hombre responsable del embarazo. Aquí caben las palabras de una de las
primeras feministas de
En un Estado laico de Derecho, el aborto debe reconocerse como lo que
realmente es: un problema de salud pública, que no se resuelve, sino que se
agrava, con una mayor penalización. Las
leyes penales que castigan el aborto no han tenido éxito, ya que las mujeres de
todas las denominaciones religiosas no han dejado de abortar en todo el
mundo. Según estimaciones de
Nuestra Constitución proclama la libertad de culto; sin embargo, todavía
en Panamá, en pleno siglo veintiuno, hay quienes piensan que el Estado no debe
intervenir en los casos de violencia doméstica, pero sí debe hacerlo en el
derecho de las mujeres a decidir responsablemente sobre sus cuerpos y sobre sus
vidas. Las mujeres pobres de nuestra
región son las que sufren las consecuencias de los abortos practicados en
condiciones no adecuadas, y pagan con su salud o con su vida.
La
legislación de un país debe estar a tono con la realidad: según estimaciones de
la OMS, al año se dan 200,000 muertes derivadas de la maternidad por falta de
servicios anticonceptivos o su fracaso; 75 millones de embarazos no deseados,
45 millones de los cuales terminan en aborto y 30 millones de niños no queridos
nacidos vivos, con las consecuencias conductuales que esto trae y que generan
la violencia social que está sufriendo el mundo. Al año mueren 70,000 mujeres por abortos
inseguros y se realizan 4 millones de abortos en América Latina y el Caribe, lo
que demuestra que las leyes punitivas son inoperantes e inciden fuertemente
sobre el número de muertes maternas.
En
Panamá se mantiene el aborto legal en caso de que peligre la vida de la madre y
en casos de violación, pero se han aumentado las penas para la mujer y para los
profesionales de la salud por practicar el aborto (lo cual demuestra que no se
pensó en la salud ni en la vida de las mujeres). Por lo visto, los grupos “pro-vida” tampoco
consideran que la salud psíquica de la mujer es importante. ¿Será que todavía viven en la edad media y no
se han enterado de que cuando no hay salud integral, no hay salud?
¿Desde qué moral o ética podemos impulsar el debate sobre el
aborto? Esta ética, esta moral, debe
estar basada en aquella que rescata valores como la solidaridad, el respeto, el
reconocimiento a la diferencia, la igualdad, el derecho a tomar decisiones de
manera libre y responsablemente, respetando las normas internacionales en
materia de derechos humanos y derechos específicos de las mujeres, para que la
norma no tenga por resultado la
discriminación de la mujer.
Una
solución al problema del aborto debe basarse no sólo en su legalización, sino en
una política pública que establezca medidas
preventivas como la planificación familiar, distribución gratuita de
anticonceptivos a mujeres de bajos recursos, provisión gratuita del
anticonceptivo oral de emergencia, triple terapia contra el SIDA en todos los
casos de violación y la esterilización voluntaria gratuita para personas de
bajos recursos.
Haydée Méndez Illueca, PhD