Por
Jorge Majfud
Escritor
uruguayo, profesor en Jacksonville University, College of Arts and Sciences,
Division of Humanities.
La
Teoría de la Evolución de Darwin es increíblemente efectiva para explicar el
desarrollo de los fenómenos biológicos hasta en los diseños más complejos de la
naturaleza, como el ojo falso en la cola de un pez, o las franjas estampadas en
la piel de las cebras para confundir la mirada de sus depredadores, etc. Su
complejidad tiene un principio extremadamente simple: no hay nada que hasta el
más azaroso método de prueba y error con algunos millones de ocurrencias no pueda
corregir y adaptar.
Antes
de Darwin, Adam Smith había sentado las bases del liberalismo económico según
la cual cada individuo, al perseguir su propio beneficio, inevitablemente
conduce a un “equilibrio natural” y al “bienestar general”. El éxito de los
mercaderes parecía confirmarlo: a lo largo de la historia, fueron ellos agentes
relevantes, no sólo en el intercambio de bienes sino también en el intercambio
de cultura y de conocimiento.
La
exitosa (y maldita, para los creyentes de Noé) Teoría de la Evolución de Darwin
ha sido actualizada varias veces, por ejemplo, para explicar el hecho de que un
individuo se sacrifique en beneficio del grupo o de la especie. Un pájaro que
con su canto alerta a sus iguales es presa fácil de un depredador, pero con su sacrificio
el individuo salva al grupo. Distintas particularidades intelectuales en los
seres humanos (como un estado de alerta patológico en algunas personas) se
pueden explicar como un perjuicio para el individuo en beneficio para la
especie, al menos en tiempos pasados.
En
casi todas las sociedades contemporáneas, el “menos apto” sobrevive gracias a
la solidaridad y la compasión del grupo. Tal vez el bullying es un resabio de
tiempos prehistóricos cuando el grupo entendía que los débiles eran una carga
inconveniente, pero hoy la cultura y la sensibilidad moral han revertido esa
práctica a fuerza de educación en nuevos valores. La eterna disputa dialéctica
entre el Poder y la Justicia (entre las posibilidades del beneficio del
individuo y las del beneficio del grupo) se ha balanceado en favor de esta
última. La disputa práctica, en cambio, parece definirse otra vez por el Poder,
por la imposición de los más fuertes, no sin primero secuestrar la dialéctica
de sus adversarios, aquellos que luchan por la justicia, generalmente una
dialéctica igualitaria en favor del grupo. Para verlo, basta con echar una
mirada al poder económico y militar acumulado por el uno por ciento de la
población del mundo, lo cual, en principio, está en consonancia con la teoría y
justificación moral de “la sobrevivencia del más apto”, que tanto sedujo a la
Europa imperial del siglo XIX, a los estadounidenses del siglo XX y a los ricos
y poderosos de todos los siglos.
Por
el contrario, el hecho de que los menos aptos, los más pobres, se reproduzcan
más que los más aptos, lo más ricos, parecería indicar que la cultura
contradice el principio evolucionista de la “sobrevivencia del más apto”.
Entonces, ¿los valores morales confirman o contradicen la Teoría de la
Evolución?
Lo
más probable es lo primero. La moral, la cultura y la educación pueden
significar la supresión o limitación de la violencia del más fuerte (del más
apto) contra el resto del grupo, contra el resto de la especie. Es decir, la
Justicia no es una contradicción de los principios básicos de la Evolución
darwiniana sino uno de sus elementos necesarios para la sobrevivencia del
grupo.
En
contraposición con todo lo planteado anteriormente, llegamos, finalmente, a un
posible elemento de contradicción, de quiebre o a una patología terminal, como
puede serlo el cáncer en la lógica de un cuerpo sano. La historia reciente de
la humanidad, parece mostrar una seria y crítica excepción a la lógica de la
evolución. No son las sociedades más pobres, los países menos desarrollados los
que están amenazando la existencia de la especie en la faz de la Tierra sino
los más poderosos, “los más aptos”.
Este
peligro no sólo radica en la mayor potencia de destrucción militar de los
países más poderosos sino en sus capacidades de destrucción del medio ambiente.
Son los más aptos (los más fuertes, los más ricos, los ganadores) los más
capacitados para poner en peligro la existencia de la especie humana. Peligro
que ha dejado de ser una potencialidad y comienza a concretarse.
Es
posible que la inteligencia humana (al menos aquella al servicio del poder) sea
una anormalidad cancerosa de nuestra especie, si consideramos que los tiburones
y las hormigas han estado en este planeta millones de años antes que nosotros.
En apenas unos pocos miles de años y, sobre todo como consecuencia de los
últimos siglos, la especie humana se ha acercado peligrosamente, como nunca
antes, a la extinción por suicidio propio.
No
obstante, si es la inteligencia la enfermedad de nuestra especie, es también la
conciencia la cura y el recurso de nuestra evolución. En el triunfo de una de
ellas nos jugamos nuestro futuro en este planeta y, probablemente, nuestra
existencia en este Universo.
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