01 abril 2020
Traducción del inglés de Pablo Duarte.
Publicado originalmente en Aeon.
Dicho por un científico sonará algo presuntuoso, pero aún así lo voy a
decir: la ciencia es uno de los esfuerzos más nobles y exitosos de la
humanidad, y es la mejor manera que tenemos de comprender cómo funciona el
mundo. Sabemos más que nunca acerca de nuestros cuerpos, de la biósfera, del
planeta y del cosmos. Somos capaces de fotografiar a Plutón, de desentrañar la
mecánica cuántica, de sintetizar químicos complejos y de asomarnos a las
operaciones del ADN (y hasta manipularlo), por no hablar de nuestros
cerebros e incluso de nuestras enfermedades.
En ocasiones es cierto que el éxito de la ciencia
causa problemas. Las armas nucleares –quizá la amenaza más inmediata a la vida
en la Tierra– fueron un triunfo de la ciencia. Y luego tenemos los
inconvenientes paradójicos de la medicina moderna, en particular la
sobrepoblación, así como la destrucción del medio ambiente que la ciencia sin
quererlo ha promovido. Sin embargo, nada de esto es la causa de la crisis de
legitimidad que enfrenta hoy la ciencia centrada en una desconfianza y negación
rampante por parte del público.
¿Cómo puede ser? ¿Por qué a las personas de ciencia
nos cuesta tanto defender y promover nuestras mayores hazañas? Hay varios
factores en juego. En algunos casos, la ciencia entra en conflicto con las
creencias religiosas, en particular con las de los fundamentalistas –cada año
me veo en la necesidad de dar a mis estudiantes de licenciatura una “charla” en
la que hablo con franqueza con ellos sobre los cuestionamientos que la ciencia
evolutiva planteará a las creencias religiosas literalistas que puedan tener–.
En el espectro político, existe un conflicto entre los hechos científicos y las
perspectivas económicas de corto plazo. Las personas que niegan el cambio
climático tienden a ser no solo analfabetas científicas sino a recibir apoyo de
corporaciones emisoras de co2. Los antivacunas fundan su ímpetu en las
repercusiones de un único estudio desacreditado que sigue resonando entre
personas predispuestas a creer en la “medicina alternativa” y opuestas a la
sabiduría establecida.
El problema, no obstante, es mucho más profundo.
Muchos de los hallazgos científicos van en contra del sentido común y ponen en
entredicho nuestros presupuestos más profundos sobre la realidad: el hecho de
que aun los objetos más sólidos están compuestos en su mayoría, a nivel
subatómico, de espacio vacío, o la dificultad de concebir cosas que van más
allá de nuestra experiencia cotidiana, como pasa con las enormes temperaturas,
escalas de tiempo, distancias y velocidades, o (como en el caso de la deriva
continental) con los movimientos extremadamente lentos –por no hablar de la
posibilidad, estadísticamente verificable pero inimaginable en otros sentidos,
de la selección natural de generar, con el paso del tiempo, resultados de una
complejidad deslumbrante–. Encima de todo esto está la paradoja persistente de
que entre más conocemos sobre la realidad menos central e importante resulta
ser nuestra especie.
Y, sin embargo, hay un factor desatendido en la
desconfianza que tiene el público frente a la ciencia, y está en el corazón de
los esfuerzos científicos. La capacidad de autocorregirse es la fuente de la
inmensa fuerza de la ciencia, pero en cambio al público lo desconcierta que la
sabiduría científica no sea inmutable. El conocimiento científico cambia con
enorme velocidad y frecuencia –como debe ser–, sin embargo la opinión pública
arrastra los pies y se niega a ser modificada una vez que queda establecida. Y
este rápido reflujo de la “sabiduría” científica ha hecho que mucha gente se
sienta mareada, confundida, y cada vez más renuente a acercarse a la ciencia en
sí.
En su muy influyente libro La estructura de las revoluciones
científicas (1962), el físico y filósofo de la ciencia Thomas Kuhn
discutió que la “ciencia normal” avanza siguiendo ciertos paradigmas
dominantes. En otras palabras, cada disciplina científica está gobernada por
una serie de teorías y supuestos metafísicos aceptados dentro de los cuales la
ciencia normal opera. Periódicamente, cuando esta rutinaria “solución de
enigmas” lleva a resultados inconsistentes con la perspectiva dominante,
sobreviene un periodo disruptivo y emocionante de “revolución científica”
después del cual se establece un nuevo paradigma y la ciencia normal vuelve a
operar.
Extrañamente,
Kuhn comentó que los nuevos paradigmas no necesariamente ofrecen una imagen más
precisa del mundo real. Es una aseveración particular: por ejemplo, en el campo
propio de Kuhn, la astronomía, la perspectiva copernicana de un sistema solar
heliocéntrico es claramente superior a la geocéntrica anterior. El lenguaje de
Kuhn ha permitido tener una sensación exagerada de lo revolucionario que puede
resultar un paradigma nuevo. Cuando Newton dijo: “Si he visto más lejos, es
porque estaba parado sobre los hombros de gigantes”, no solo estaba siendo
modesto; estaba más bien enfatizando el grado en que la ciencia es acumulativa,
construida a partir de los logros anteriores y no a partir de saltos cuánticos.
Kuhn,
sin embargo, estaba en lo cierto acerca de esto: el proceso acumulativo genera
no solo algo más,
sino también algo completamente nuevo. En ocasiones lo nuevo
implica el descubrimiento literal de algo que no se conocía con anterioridad
(los electrones, la relatividad general, el Homo naledi). Por lo menos tan
importantes, sin embargo, son las novedades conceptuales; cambios en los modos
en que la gente entiende –y con frecuencia malentiende– el mundo material: sus
paradigmas operativos.
Claro que las leyes y los procesos fundamentales del mundo
natural existen de manera independiente de los paradigmas humanos: la Tierra
orbita alrededor del Sol independientemente de si las personas tienen una
perspectiva ptolemaica o copernicana. Como dijo B. F. Skinner: “Ninguna teoría
cambia aquello sobre lo que quiere teorizar.” Los detalles factuales del mundo
están en una continua fluctuación heraclitiana, pero las reglas y los patrones
básicos que subyacen a estos cambios en el mundo físico y biológico permanecen
constantes. Hasta donde sabemos, la luz viajaba a la misma velocidad durante la
era de los dinosaurios que ahora, así como la relatividad general y especial
eran válidas antes de ser identificadas por Albert Einstein. Nuestros hallazgos,
sin embargo, están en constante “evolución”.
Este
tipo de cambio es al mismo tiempo emocionante y atemorizante. Después de todo,
cuesta mucho trabajo dejar de lado una idea preciada, en particular una que
tomó tiempo para que se propagara y que al final termina siendo aceptada
ampliamente. Y para muchas personas –científicos y no científicos– es mucho más
difícil dejar ir ideas que parecían tener el sello de aprobación de la ciencia.
¿No se trata de eso la ciencia: una serie de hechos factuales inamovibles sobre
lo que sabemos
que es verdad?
De
hecho, esa frase misma es falsa. La ciencia es un proceso que, contrario a la
ideología, se distingue por la flexibilidad intelectual, por una aceptación
grácil, agradecida (aunque a veces renuente), de la necesidad de cambiar de
opinión según las evoluciones de nuestra comprensión del mundo. La mayoría de
las personas no son revolucionarias, ni en el ámbito científico ni en ninguno
otro. Pero cualquiera que aspire a estar bien informado necesita comprender no
solo los hallazgos científicos más importantes, sino también estar al tanto de
su naturaleza provisional y de la necesidad de evitar las categorías
excesivamente sólidas: estar al tanto de cuándo hay que dejar ir el paradigma
existente y reemplazarlo con uno nuevo. Lo que es más, hay que estar al tanto
de que estas transiciones son señales de progreso y no de debilidad, una
consideración mucho más difícil de lo que parece. Un buen paradigma es difícil
de dejar ir.
Hay
una larga lista de ideas que se consideraron como “científicamente válidas” en
su momento y desde hace tiempo han sido descartadas. La creencia en una Tierra
plana fue una muy prominente, junto con el sistema ptolemaico que había ubicado
a nuestro planeta como el centro de todas las cosas celestiales. Aunque es
sencillo ridiculizar esa temprana perspectiva geocéntrica, fue impresionantemente
“científica” en su momento, apoyada en modelos matemáticos elaborados y en los
datos empíricos disponibles en ese tiempo –aunque, claro, estaba basada en una
astronomía visual y no en el uso de telescopios.
La
alquimia es, en un sentido real, el ancestro de lo que ahora llamamos química,
pero sus practicantes tuvieron que retractarse de su paradigma anterior para
convertirse, al final, en químicos “reales”. Otras teorías perdidas incluyen al
“éter luminífero”, por mucho tiempo considerado la sustancia que propagaba las
ondas de luz y cuyo alcance explicativo se extendió hasta incluir a la
radiación electromagnética en general, o la teoría calórica, que planteaba la
existencia de una sustancia hipotética hecha de calor, y que pasaba de cuerpos
más calientes a otros más fríos.
Algunos de estos cambios de paradigma ocurrieron antes de que la
ciencia misma se convirtiera en un empeño institucional, y entonces no minaban
la legitimidad de la ciencia como proyecto. El término “científico” no existió
hasta que el historiador y filósofo inglés William Whewell lo acuñó en 1834.
Una vez que la ciencia se convirtió en una disciplina intelectual y a los
científicos se les identificó como sus practicantes, entonces junto con lo
bueno (el progreso en la correcta comprensión del mundo natural) llegó lo malo
(el hecho de que la sabiduría de la ciencia no fuera sólida como la piedra).
Los
cambios de paradigma no están confinados al pasado distante. En mi propia
especialidad, el estudio del comportamiento animal, fue de rigueur durante décadas
evitar cualquier suposición de conciencia animal, o incluso la presencia de una
mente animal. Cualquier insinuación de antropomorfismo era como el tercer riel
en la investigación del comportamiento animal: tocarlo quizá no implicaba morir
electrocutado pero sí perderte una beca o un puesto académico. Este paradigma
de los animales “sin mente” se derivaba en parte de la aplicación errada del
principio de la navaja de Ockham (las explicaciones más simples siempre son
preferibles) y en parte también de la consecuencia del conductismo radical, un
esfuerzo por transformar a la psicología en algo puramente objetivo y
científico –un enfoque en gran medida pasado de moda–. Los hallazgos recientes,
incluyendo el trabajo realizado con Alex (que tristemente ya murió), el loro
gris africano, así como los impresionantes estudios sobre la cognición de
chimpancés, cuervos y perros, han evidenciado que estas criaturas son capaces
de hazañas intelectuales que se comparan favorablemente con las de seres
humanos normales y sanos. En su momento negadas por la ciencia, las mentes
animales son ahora sujetos legítimos de estudio bajo la rúbrica de la “etología
cognitiva”.
La
mente animal es un objeto legítimo de investigación científica, y al mismo
tiempo la mente humana ha sido trasladada al universo físico. Esto es
profundamente confuso para quienes estaban comprometidos con el concepto
místico de la conciencia como algo inefablemente separado de la materialidad.
René Descartes es famoso como filósofo y matemático, sin embargo él se
consideraba a sí mismo principalmente un investigador empírico, y de hecho fue
un pionero en el siglo xvii de la fisiología. Parte de la ciencia de Descartes
se basaba en la certeza de que el cuerpo y la mente eran entidades distintas,
una concepción que sigue siendo muy influyente en la imaginación popular. Sin
embargo, una de las disciplinas científicas más productivas en nuestros días es
la neurobiología, cuyos hallazgos han hecho cada vez más difícil sostener ese concepto
de dualidad cartesiana de que la conciencia humana está más allá del alcance de
la investigación científica y de las explicaciones físicas y biológicas. “Tú,
tus alegrías y tus penas, tus memorias y tus ambiciones, tu sentido de
identidad personal y tu libre albedrío”, escribió Francis Crick en su libro La
búsqueda científica del alma. Una revolucionaria hipótesis para el siglo XXI (Debate,
1994), “no son más que el comportamiento de un enorme ensamblaje de células
nerviosas y sus moléculas asociadas”.
Algunos
de los cambios de paradigma más importantes han tenido lugar en el campo de la
biomedicina: por eso no es ninguna sorpresa que muchas de las quejas sobre la
inconsistencia de la ciencia surjan a partir de la confusión ante los consejos
cambiantes sobre nuestros cuerpos y el cuidado que tenemos que tener de ellos.
Gracias a Louis Pasteur, Robert Koch, Joseph Lister y otros microbiólogos
pioneros del siglo XIX y XX,
comprendimos el rol que desempeñan los patógenos en las enfermedades, lo que
llevó al descubrimiento científico de que “los gérmenes son malos”. Este
paradigma particular –que desplazó a la creencia en el “aire malo” y nociones
similares (el término influenza viene de la supuesta “influencia” de los
miasmas en las enfermedades)– fue rechazado con particular fuerza por las
autoridades médicas del momento. Los doctores, que rutinariamente realizaban
autopsias a cadáveres atestados de enfermedades, no estaban dispuestos a
aceptar la idea de que sus manos sin lavar fueran las transmisoras de enfermedades
a sus pacientes, al grado de que el médico Ignaz Semmelweis, quien en 1847
demostró el papel de los patógenos en las manos como causa de la fiebre
puerperal, fue ignorado, vilipendiado y finalmente conducido a la locura.
Más recientemente, la gente por fin se había acostumbrado a
preocuparse por criaturas tan pequeñas que no pueden verse simplemente, y ahora
una nueva generación de microbiólogos ha demostrado el sorprendente hecho de
que muchos microbios asociados con nosotros (incluidos pero no limitados a los
que componen el microbioma intestinal) no solo son benignos sino que son
esenciales para la salud.
Las
células nerviosas, nos dijeron, no se regeneran, en especial las del cerebro.
Ahora sabemos que sí lo hacen. Los cerebros incluso producen nuevas neuronas;
así que sí
se le pueden enseñar nuevos trucos a un perro viejo. Lo mismo pasa con el
supuesto hasta hace poco de que una vez que una célula embrionaria se
diferencia para volverse una célula de la piel o del hígado su destino está
sellado. Gracias a la tecnología de clonación esto ha cambiado, ya que se
descubrió que los núcleos de las células pueden ser inducidos a diferenciarse
en otros tipos de tejido también. Dolly la oveja fue clonada a partir del
núcleo de una célula mamaria completamente diferenciada, lo que prueba que el
paradigma de la diferenciación celular irreversible debía ser revisado. Los
biólogos han sabido desde hace mucho que la vida es frágil y existe en
condiciones muy específicas y especiales. Au contraire: se han
descubierto organismos vivos en algunos de los ambientes más desafiantes
imaginables, incluidas las ventilas hidrotermales en el fondo del mar y
condiciones anaeróbicas que antes se consideraban carentes de vida. Las vidas
individuales sin duda son frágiles, pero la vida es notablemente robusta.
Hasta
hace poco, los doctores estaban seguros científicamente de que por lo menos se
requería una semana de reposo absoluto después de un parto vaginal normal, sin
complicaciones, y más después de alguna cirugía invasiva. Ahora a los pacientes
quirúrgicos se les alienta a que comiencen a caminar lo más pronto posible.
Durante décadas, las anginas protuberantes pero benignas se le extirpaban a un
niño con la garganta adolorida. Ahora ya no. La psiquiatría nos ofrece una
panoplia problemática y generalizada: la homosexualidad, hasta 1974, se
consideraba una enfermedad mental; la esquizofrenia se pensaba que era causada
por los malos comportamientos verbales y emocionales de “madres
esquizofrenógenas”; y las lobotomías prefrontales eran el tratamiento
científicamente aprobado para la esquizofrenia, la enfermedad bipolar, la
depresión psicótica y, algunas veces, incluso simplemente como una manera de
calmar a un paciente irascible e intransigente.
Probablemente
los casos más notables de paradigmas médicos hallados, luego perdidos, luego
recuperados y más tarde colocados en una especie de limbo científico ocurren en
el campo de la nutrición. No fui el único niño que creció en la década de los
cincuenta para quien un desayuno normal estaba compuesto por dos huevos. Para
las generaciones siguientes, el colesterol era poco menos que un veneno. ¿Y
ahora? Ahora no tanto. No hay duda de que las grasas trans son malas, muy
malas. Pero otras grasas han pasado por un ciclo vertiginoso de exilio,
aceptación y después tolerancia moderada solo porque reducen el apetito y quizá
puedan ayudar a limitar la obesidad. La cafeína también era mala, un veredicto
que se revirtió –pero solo hasta cierto punto–. ¿El vino? ¿En especial el vino
tinto? Malo. Más bien, en realidad, bueno. Siempre y cuando no se exceda.
¿Azúcar? Primero bien, luego no. Y ahora, más o menos. Y no empecemos a hablar
del gluten.
Desprovistos
de los paradigmas anteriores, muchos de ellos reconfortantes, ¿qué nos queda?
Algunas de las certidumbres destronadas no se extrañan, por lo menos no por el
momento: cambiar de dieta (aunque no sea sencillo) es algo relativamente claro,
como también lo es reconceptualizar nuestra percepción de los microbios y la
capacidad de las células nerviosas para regenerarse o de otras para
diferenciarse.
Sin embargo, perder cualquier paradigma desorienta
y la pérdida de algunos puede ser hasta descorazonadora. Quizá lo que
lamentamos sea la pérdida de certeza, del tipo de certeza que las religiones
ofrecen a sus seguidores. Quizá se trate de una búsqueda de autoridad, el tipo
de autoridad que buscábamos en nuestros padres. O de una añoranza universal por
tener un puerto confiable –conceptual y no marítimo, obviamente– en medio de las
tormentas de imponderables de la vida. Cualquiera que sea la causa, a las
personas se les dificulta aceptar que la realidad del mundo sea inestable,
cambiante e impermanente. Y esta dificultad, a su vez, nos incomoda a propósito
de la única certeza y estabilidad que la ciencia nos ofrece: que los paradigmas
vienen y se van.
Y más preocupante todavía, los cambios en los
hallazgos científicos han permitido que los malhechores siembren dudas. Los
creacionistas señalan la dinámica intelectual cambiante entre los partidarios
del gradualismo filético (que la evolución avanza lentamente) y el equilibrio
puntuado (que algunas veces avanza muy rápido), para señalar que el darwinismo
está severamente puesto en duda. No lo está. Los especialistas están en desacuerdo
únicamente en el ritmo al que la evolución por selección natural sucede; no
ponen en duda que es algo que sucede. Lo mismo pasa con la controversia sobre
si la unidad de medida de la selección es el gen, el individuo o el grupo.
Pero, en el mismo sentido, los negadores del cambio climático señalan las
constantes revisiones a los modelos atmosféricos y los datos como “prueba” de
que la ciencia en sí misma es falsa. “Si la ciencia climática es algo
establecido”, escribió el columnista conservador Charles Krauthammer en The
Washington Post en 2014, “¿por qué sus predicciones siguen cambiando?” Hay
que decirle al Sr. Krauthammer que esto pasa porque conforme conseguimos
mejores datos podemos hacer mejores predicciones (que confirman el
calentamiento global antropogénico a un grado mucho más y no menos
preocupante).
Un posible correctivo para todo esto sería el modo
en que enseñamos ciencia. Actualmente nuestros hallazgos se comunican como un
catálogo de Cosas que Sabemos, lo cual tiene la doble desventaja de hacer que
la ciencia parezca un ejercicio laborioso de memorización, pero también da la
falsa impresión de que nuestro conocimiento es algo petrificado e inmutable,
como un insecto del periodo cretácico atrapado en un pedazo de ámbar. Quizá,
más bien, deberíamos enseñar ciencia como una emocionante revisión de Las Cosas
que No Sabemos (Todavía).
Sin la manta reconfortante de la permanencia
ilusoria y la verdad absoluta, tenemos la oportunidad y la obligación de hacer
algo extraordinario: ver el mundo como es, y entender y aceptar que nuestras
imágenes seguirán cambiando, no porque estén equivocadas, sino porque nos
hacemos cada vez más con mejores instrumentos de visión. Nuestra realidad no se
vuelve más inestable, lo que pasa es que nuestro entendimiento de la
realidad es, por necesidad, un trabajo en proceso.
La pérdida de paradigmas puede resultar algo
doloroso, pero es testimonio de la condición vibrante de la ciencia y de la
imparable mejoría del entendimiento humano conforme nos acercamos a una
comprensión cada vez más precisa del modo en que opera el mundo. Según la
Biblia, fuimos castigados por comer el fruto prohibido del Árbol del
Conocimiento del Bien y el Mal. En nuestra búsqueda de conocimiento –no del
bien y el mal, pero (como dijo Shakespeare) de cómo se agita el mundo– también
absorbemos un tipo de castigo. Afortunadamente, perder un paradigma es mucho
menos devastador que perder el paraíso. Más aún, a diferencia de los supuestos
modos de Dios, la ciencia no necesita ninguna justificación especial más allá
de la satisfacción que brinda, así como los hallazgos prácticos que ofrece.
Cada paradigma perdido se compensa con la sabiduría encontrada.
Recientemente escuché a un hombre entrevistado en
la estación de radio pública local sobre la dificultad de mantenerse al día en
lo que consideraba “los virajes de la sabiduría científica”. Dijo: “Fui soldado
en Irak en dos ocasiones y sé lo difícil que es atinarle a un blanco en
movimiento. Lo que desearía es que los expertos científicos se quedaran quietos.”
Pero ese es el punto. Quedarse quieta es
exactamente lo que la ciencia no hará.